CAMBIHENARES
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29-11-16

La libertad de expresión no es compatible con el adoctrinamiento político, religioso, laboral o social.

Vivimos tiempos en los que para mantener tu puesto de trabajo, tu cargo político o tu posición eclesiástica hay que someterse a la doctrina del grupo, negándose uno mismo a manifestar públicamente su pensamiento. En época “franquista” la única verdad posible era la del Movimiento. Ahora, esa única verdad es la de tu empresa, tu partido político, tu secta o tu Gobierno.

La libertad de opinión y de expresión ha sido secuestrada por la amenaza a perder tu trabajo o tu entorno social. 

En el trabajo, no se puede opinar que algo es contrario a la buena praxis en tal o cual proyecto si va en contra de los intereses empresariales. En política, votar en contra de la disciplina de Grupo es motivo de sanción y de destitución, por muy honorable que sea tu opinión. En materia de fe, por ejemplo, no puedes decir que la Iglesia Católica no representa los valores del auténtico mensaje de Jesús porque automáticamente eres excomulgado, apartado del Grupo y considerado un hereje. 

La disciplina de Grupo es el único valor a considerar y a la que uno se debe someter para evitar males mayores personales. Es el nuevo concepto de tiranía o dictadura ejercida desde los poderes políticos, religiosos y empresariales, y aceptada individualmente en aras a evitarnos otros esfuerzos y pre-ocupaciones personales. 

Ejercer la libertad personal para manifestar la verdad sobre cualquier asunto cotidiano se ha convertido en el privilegio de desarraigados y eremitas. Decir la verdad no es “viral” porque las redes sociales se nutren del engaño y la mentira en aras a sus propios intereses. La doblez personal, sin embargo, sí está de moda; aquello que opinamos en su día, ahora lo vemos de otro color y nos manifestamos en contra de nuestros propios principios, de nuestro propio ideario político y social con tal de mantener nuestras posiciones dentro del Grupo. 

Todo vale. Toda opinión pasada es “refundada”, vendida y finalmente asimilada en nuestra conciencia personal y colectiva. Como si todo pasado no hubiera ocurrido o sido relevante. Todo, generalmente, por la “pasta”.  

La dignidad personal ha queda subyugada bajo el interés mediático y el pensamiento del Grupo.  

La hipocresía y el desapego personal y familiar dominan los telediarios. Constituimos, por ejemplo, Grupo para hacer “huelgas de deberes” y someternos a la dictadura de unos iluminados simplemente porque nos conviene en lo personal; no porque sea necesariamente lo mejor para nuestros hijos.  Y no nos importa someternos si tal yugo nos beneficia a título individual.  

Pero, por otro lado, somos incapaces de asumir en nuestras carnes la vileza de las guerras y el dolor de los refugiados. Somos solidarios con los que sufren en otros países pero lo hacemos para que se queden allí, para que no nos contaminen, para conservar nuestro “estado de bienestar” aunque los demás se mueran de hambre. Y cuando la adversidad invade nuestros hogares no nos acordamos de aquellos que viven peor que nosotros; al contrario, reclamamos para nosotros todo tipo de prebendas sociales porque damos por sentado es “nuestro derecho”. Una combinación de hipocresía, soberbia y vanidad que nos conduce a sometamos sistemáticamente a la terapia de Grupo

Decimos que la democracia es el menos malo de los gobiernos posible. Sin embargo, esa misma democracia es ejercida por la tiranía de grandes grupos empresariales fuera de los cuales no existe opción individual. Los Amazon, Google, Facebook, Apple… gobiernan a los gobiernos de turno e imponen sus normas por encima del bien social. Y lo aceptamos. En esa misma democracia, en la que decimos creer, no votamos a favor de aquellos que mejor nos representen. No. Votamos al Grupo o a aquellos que nos prometen conservar nuestro “status quo”, y mejor casen con nuestros intereses personales. La ideología, el bien del país no importan. Sólo importa nuestro bienestar personal, nuestro interés individual y por él daríamos nuestro apoyo al mismísimo Satanás.  

El adoctrinamiento del Grupo se impone  a la libertad individual por cuanto ésta queda condicionada por los propios intereses de Grupo y nuestra propia apatía. 

A pesar del paso del tiempo, de los avances tecnológicos y de la educación generalizada, el ser humano, como persona, no ha evolucionado. Nos dejamos adoctrinar fácilmente por cuanto nos rodea, nos sometemos rápidamente al espectáculo mediático. Falta reflexión y autocrítica.  

Por lo general, no optamos por lo mejor (para el individuo o el Grupo) sino por la influencia transmitida “machaconamente” desde los medios de comunicación. La dignidad, la coherencia, la honradez y el saber estar en todo momento, han dejado paso a virtudes menos capitales pero más “virales”. Y, así, la Navidad se ha convertido en un escenario complicado de gestionar en común ya que en las familias la ilusión y el reencuentro han sido derrotados por las propuestas “ociosas” de los diferentes grupos de presión.


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