CAMBIHENARES
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22-03-16

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Fue la llave que abría el camino al mundo de las luchas del alma, de las insinuaciones de los sentidos, de la plasticidad escénica del motivo de la tentación en pleno siglo XVII de honda consistencia teológica.

Cervantes, que en su Quijote representa el momento máximo de las letras españolas, se halla vinculado al punto histórico crítico en el cruce de los dos Siglos de Oro, del XVI y XVII, cuando dos estéticas y dos estilos enfrentábanse en el orden literario y cuando en lo heroico e imperial, asomaban los gérmenes de la decadencia.

“...qué dirían de dél..., e que más quería morir peleando por su Dios y por su rey,  que no meterse so cubierta.” (con fiebres,  a bordo de La Marquesa en la batalla de Lepanto) 

Cervantes abre y cierra los “tipos” de novela europea de su tiempo, a la vez que crea la novela humana y moderna representada en las figuras de Don Quijote y Sancho. Su teatro reúne, en sus dos épocas, al mundo prelopista y al de la generación de Lope de Vega, y sintetiza los diversos géneros: caballeresco, costumbrista, de santos, de cautivos y hasta el picaresco.  

Cervantes, como hombre, reunía la dualidad de la España, en la crisis de su apogeo histórico. Héroe en su juventud, cautivo después y añorante de la patria, con valor y arrojo, acaba su existencia entre el mundo leguleyo y minuciosamente estéril de una Corte donde finalmente triunfa la haraganería y la picaresca, frente a la acción y la virtud.  En su vida se nota el tránsito del triunfo de las armas al de las letras y, al final, el paso de las letras a la picaresca y la inacción. En muchos momentos de su obra, Cervantes nos hace vivir la angustia y nostalgia del mundo heroico, al ser arrinconado por otra generación de espíritu bien diverso. 

“Necesitábale para hablar; esto es, para pensar en voz alta, para oirse a sí mismo y para oir el rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fue su coro, la Humanidad toda para él” (Unamuno explica la necesidad de Sancho para Don Quijote),

Cervantes nace en Alcalá de Henares, la ciudad de cielo azul de cuadro de Velázquez y de aire fino y confortable donde parece naciera dos siglos antes el Arciprestre. Cervantes nos deja recuerdos devotos de su cuna en la especial predilección por Santos Justo y Pastor, los niños mártires. No consta la fecha de su nacimiento. Se ha pensado en el 2 de septiembre, por el día de su patrono, San Miguel, aunque es fecha temprana para la época frente a su bautismo el 9 de octubre de 1547 en la iglesia de Santa María la Mayor.  En su vida, Cervantes fue hombre más de acción que de meditación. Tamayo de Vargas lo llamó “ingenio lego”, es decir, sin demasiados estudios y títulos, si bien fue su vida, sus viajes, su sazonada conversación, su visión de los mundos y las civilizaciones, su mejor escuela. 

“Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como sido en mi mano haber detenido el tiempo...” (a Avellaneda, prólogo segunda parte del Quijote). 

En la representación de pasos y coloquios de Lope de Rueda, Cervantes descubre su entusiasmo y vocación decidida por el tetro. Su dramática estaba formada en el período anterior a Lope de Vega, y sus simpatías iban hacia los maestros de la generación anterior.  A las aventuras, a la gloria y las luchas nobles, a los peligros e intentos de la guerra y el cautiverio, suceden la estrechez, los oficios mezquinos, las dificultades en el ejercicio de los cargos. Su estancia en Madrid apenas le consiguió pequeños triunfos, dineros por las comedias de la primera época. Así pues, Cervantes marcha a Andalucía a ocupar diversos cargos de Hacienda. En el ambiente sevillano descubre un mundo, un escenario nuevo, desconocido antes para él.  

Hasta 1602 lleva una vida de fracasos, dificultades y molestias, pero a la vez plena de un campo riquísimo para la experiencia del novelista. En Sevilla, como después en Valladolid, aprende la amarga lección de la vida cotidiana, y con ella un nuevo arte de la novela, que inmortalizaría en el Quijote y en las mejores Ejemplares. Con el traslado de la Corte a Madrid, vive allí a trompicones, con modestos medios de vida.  Sus últimos años son los de mayor fecundidad literaria. Paolo Savj-López dice de Cervantes que “fue siempre señorialmente sobrio, como hombre y como artista...solo en pie, sin un árbol que le conceda arrimo. Una vida de trabajo sin reposo y sin gloria”. 

“Mostré, o, por mejor decir, fuí el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro con general y gustoso aplauso de los oyentes” 

Su última obra fue la titulada “Los trabajos de Persiles y Segismunda. Historia septentrional”, que se publicó después de muerto el novelista, en 1617. Esta obra nos da la clave de todo el pensar y sentir del autor, su más audaz síntesis mezcla de idealismo y realismo. Parece como si Cervantes, junto a su lecho de muerte, quisiera desquitarse de su lanzada contra el mundo caballeresco. Literariamente, el resultado fue menor, pero se trata de una obra muy interesante y llena de belleza, dentro de un estilo más elaborado y trabajado. Al final, esta novela de ensueño nos deja, no con la muerte de Don Quijote, sino con el ritmo de alegres desposorios en que acaba la mayoría de sus Ejemplares. Pero ¡qué velada melancolía hay en este desenlace forzoso, dictado sin duda desde el lecho de muerte por el autor del Quijote!

“...puesto ya un pie en el estribo,... ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijaos amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!” (dedicatoria al conde de Lemos, recibida la Extremaunción)

Así acabó la vida terrena de Cervantes y comenzó la de la inmortalidad de su obra.



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